La India y lo esencial

La India y lo esencial

Todo en la India nos queda grande. Llegamos con nuestro etnocentrismo a cuestas, ese equipaje viscoso con el que pretendemos descifrarlo todo, y de repente caminamos descalzos por un templo donde conviven tradición, espiritualidad y capitalismo sin complejos.

Entonces algo se quiebra dentro: la falsa certeza de nuestros esquemas se desmorona porque esta tierra no se deja domesticar con lógica occidental. Allí lo sagrado y lo mercantil se abrazan sin contradicción, porque la vida es precisamente eso: compleja, inabarcable, contradictoria, un crisol.

Los templos y sus alrededores son un ecosistema singular en el que puedes encontrar puestos de flores, incienso y ofrendas para realizar rituales, vendedores de prasad (comida religiosa bendecida), tiendas de artículos religiosos, puestos de joyería, souvenirs o bebida.

Es una invitación brutal a pedir prestados ojos ajenos para mirar el mundo, dejando atrás la rigidez y esa urgencia de entenderlo todo sin antes escuchar, ese ímpetu incontenible de querer hablar de todo con autoridad absoluta como detentores de la verdad ex cátedra.

Y es que no somos más que pequeños aprendices ante lo inmenso. La India es inmensa. En ella conviven lo sagrado y lo cotidiano, el ruido y el silencio, las motos, las vacas, los monjes y las flores en un mismo ángulo. Lo inmenso también es esencial, y lo esencial es humilde, y también poderoso.

📸Templo Meenakshi Amman dedicado a la diosa Meenakshi y su esposo Sundareswarar en Madurai, Tamil Nadu. Pertenece a la tradición arquitectónica dravídica, característico por sus torres (gopurams) con miles de esculturas.